
Amarga Navidad (Pedro Almodovar)
“Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo, y ese látigo es únicamente para autoflagelarse”
Manuela (Cecilia Roth) le dice esa frase a su hijo en Todo sobre mi madre, citando a Truman Capote. Quizá ninguna otra línea define mejor Amarga Navidad.
En Amarga Navidad podemos apreciar la enorme capacidad autoficcional y autoconfesional de Pedro Almodóvar, una cualidad bien conocida por quienes han visto su filmografía —especialmente La mala educación y Dolor y gloria— y leído sus relatos. De hecho, la historia que escribe Raúl (Leonardo Sbaraglia) pertenece al libro de cuentos El último sueño: también se titula Amarga Navidad y conserva los mismos personajes, como si la película dialogara directamente con una de las confesiones literarias del propio Almodóvar.
Ahora bien, en Amarga Navidad encontramos dos relatos conectados por la metaficción autoconfesional, un recurso que Almodóvar lleva desarrollando desde hace varias películas. Raúl —evidente self-insert del propio director— escribe la historia de Elsa (Bárbara Lennie), un personaje que amalgama experiencias de su propia vida con las de su amiga íntima Mónica (Aitana Sánchez-Gijón). A través de ese juego de espejos, Almodóvar vuelve sobre una de las constantes de su cine: la necesidad del artista de exorcizar sus demonios íntimos mediante la ficción, convirtiendo la escritura y el cine en espacios donde el dolor deja de ser únicamente vivido para transformarse en relato.
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Aquí cabría destacar también la importancia de construir un universo vivido como autor. En Almodóvar, cada obra parece formar parte de un mismo imaginario, no necesariamente porque sus personajes compartan una continuidad narrativa, sino porque comparten una sensibilidad, unas obsesiones, una mirada sobre el mundo o una conexión especial con el autor. Esto permite que sus películas establezcan un diálogo constante entre sí: personajes, situaciones, espacios, conflictos y experiencias reaparecen, se transforman y adquieren nuevos significados a medida que avanza su filmografía. El resultado es una obra que puede leerse como un gran universo autoral en permanente expansión, donde cada nueva película no solo
cuenta una historia, sino que también modifica y enriquece las anteriores.
Pedro nunca decepciona porque siempre tiene algo que decir. Aunque algunas de sus películas no alcancen el virtuosismo de las mejores obras de su filmografía, cada nuevo estreno amplía su universo creativo. Ver una nueva película suya es asistir a un diálogo permanente con las anteriores y con las obsesiones del autor: los personajes, la estética, las obsesiones, las heridas y los relatos se complementan, se reescriben y se autorreferencian, haciendo de su filmografía una obra en constante construcción, demostrando por qué es uno de los autores de mayor importancia en lo que respecta al cine en habla hispana y al cine en general.

