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FRONTERA AZUL: EL MISMO VIAJE
NOTA
Por: Isabel Rojas Zuloaga / 10 Ago 2018


En Frontera Azul, el mar no separa a los continentes, los reúne. A esta reunión concurren vidas que giran en torno a él, que se purifican en él, que se pierden en él y que vuelven a él. Envuelto en una voz que emula la conciencia de todos los que lo habitan; el mar susurra, habla, grita, asila, expulsa, baila, abraza, golpea y purifica. Mediante estos gestos, se configura como el protagonista del largometraje de Jorge Carmona y es el centro de una narrativa poética única en el abordaje de historias cruzadas.

La visión onírica de una mujer que corre en un bosque cubierto de nieve se materializa en un plano difuso que permite al sonido de la naturaleza cobrar protagonismo. Una voz que narra una búsqueda personal constante y reflexiones humanas se hace presente. Las aguas de Alaska se funden con otro océano anexando realidades divididas y fraccionadas. Al otro lado, una mujer cuida de su pareja. Más tarde, ella misma será violentada y solo el bañarse en la orilla del mar, intentando borrar con agua su tragedia, podrá calmar su angustia. En todos estos registros, la cámara observa –ya sea de lejos o de cerca– y transmite con sus movimientos la angustia contenida de quienes habitan sus encuadres.

Al sumergirse en el mar y dejarse cubrir, la cámara se reconcilia, encuentra calma. El ángulo rasante amenaza al espectador cada vez que las olas se elevan y, sin embargo, lo calma. Precisamente en este tratamiento visual radica la fuerza sensorial contrastante del largo. Fuerza presente en los planos contemplativos de Jonathan Gubbins recorriendo túneles de agua en Tahití y en las tomas aéreas de un hombre que huye de sus remordimientos en el desierto de Sahara. El paso de ambos hombres en estos espacios contrastantes deja polvo en su camino, como si parte de su esencia fuese evaporándose.

Frontera Azul también nos habla de transformación en código visual. En Alaska, un hombre pone a la luz del sol un bloque de hielo. Su cambio de estado producirá el agua que su mujer necesita para continuar. Un hombre que padece de cáncer flota en el mar peruano. La cámara se eleva sobre él, se aleja y no hay nadie a su alrededor en millas: se vuelve eterno. El mensaje del film se asoma: el agua es el origen y la llegada.

Finalmente, aquello que conecta y cohesiona a los mundos de Frontera Azul es la dicotomía complementaria que se presenta con constancia y regularidad en el montaje: el cuerpo de una mujer se desploma en el agua y, a continuación, el rostro de un hombre emerge de otro mar; un surfista se hunde en el mar y un pescado respira agitado sobre la arena; un hombre enfermo inhala un cigarro y otro, exhala el humo. Esta complementación visual de personajes marcada por las composiciones de Franjo Antich corporeiza el mensaje de la película: estamos todos en un mismo viaje.

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