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AKIRA: AMASANDO BOMBAS
NOTA
Por: Mauricio Burstein Balmaceda / 18 Ago 2017


Massive in the area, murderer

Attack inna the area, murderer

Blue Lines – Massive Attack

Luego de leer un titular más de El Popular prediciendo la Tercera Guerra Mundial a manos del presidente de Corea de Norte, Kim Jong-un y una posible respuesta de Donald Trump, me quise alistar para la catástrofe deseando que el fin del mundo sea ten cool como lo vi de adolescente en Akira (Katsuhiro Otomo - 1989).

Retomar una obra –sonora, literaria, audiovisual, etc.- ofrece una perspectiva nueva que va más allá del mero espectáculo y la acción. Cyberpunks (ahora de viejo sé que así se llaman estos pandilleros motorizados del futuro) batallando contra una banda enemiga, intoxicados hasta el cuello con drogas sintéticas y aplicando ultraviolencia a lo Alex DeLarge y sus droogos es acción brutal para justificar acción animada revolucionaria para cualquier época. Toda la carga violenta de Akira es suficiente para sacar de cuadro a cualquier adolescente noventero en un país en el que la animación es sinónimo de dibujos para niños. Ahora que veo otra vez la película encuentro que es otro tipo de violencia, la menos sangrienta, mejor sistematizada, masiva y menos evidente el detonante de formas más íntimas de agresión. La política como base de la ética. La herida social como base del trauma piscológico.

Los japoneses han sufrido el impacto de dos bombas nucleares y esto los ha convertido en un pueblo más sensible y crítico de las armas de destrucción masiva. La animación, su producto cultural más exportado nos ha entregado ejemplos espectaculares de hecatombes como la extraterrestre que inicia SDF Macross o los impactos divinos de Neon Genesis Evangelion, todas ellas, al igual que Akira, nos han dejado millones de muertes y ciudades que son monstruos tecnológicos alejados de la naturaleza y paranoicos por un potencial ataque. El Neo-Tokio propuesto por Otomo, lleno de rascacielos, con un edificio enorme reinando al medio refuerza la insignificancia –cero importancia- que tienen las personas para las clases dominantes. Sólo cuando esas hormigas truncan los planes de los gobernantes o cuando, sin darse cuenta, los individuos tienen un gran poder –sobrenatural en este caso- que corte el fin del mundo, la clase gobernante los toma en cuenta.

Es acá cuando se invierten los papeles. La guerra nuclear ha engendrado niños con alteraciones psíquicas, mutantes telépatas y telequinéticos capaces de ver el futuro y descifrar la razón primaria de la potencial desaparición humana. Nunca lo mencionan y en más de una oportunidad dicen que intentan superarlo. Lo logran, no por completo, apelando a sentimientos básicos como la amistad y la preocupación por el otro. A este punto es el toque humano y su efecto el que intenta cambiar el ámbito social sosteniéndose en buenos recuerdos almacenados en la psicología.

Esta obra de finales de la guerra fría, que carga traumas post Hiroshima y Nagasaki, está tan vigente como el día de su estreno hace un cuarto de siglo. Las personas atropellando personas en Charlottesville y Barcelona no son muy distintas a los moteros rompiendo cabezas en Neo Tokyo–¡¡¡esa bella moto roja, por Dios!!!-. Del mismo modo, quienes dirigen y manejan las armas masivas en la actualidad y en la ciencia ficción siempre son los mismos que ven a la gente como números.

La vez pasada me enteré que reestrenan la peli el 6 de setiembre en algunas salas Lima. Si estás por ahí date una vuelta que imagino que la experiencia en pantalla gigante debe ser colosal. Igual la tenemos en internet, incluyendo Netflix.

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